lunes, 8 de junio de 2009

La palabra. Voces, aliento, susurros


La palabra nace del escuchar; de escuchar con los oídos internos las voces del propio interior. Habiendo conseguido el vacío pleno de silencio, el lenguaje comenzará a formarse más allá del entendimiento. Posteriormente habrá que traducirlo, que pensarlo, paso inevitable para poder transmitirlo.
Siendo el teatro desconocido la transferencia del mismo misterio, el espectador también “escuchará” la palabra que forma parte de él, incitándolo a descubrir el secreto.
La inspiración absorbe el aliento, penetrado por el soplo el actor permitirá a su boca articular los sonidos hasta que nazca el vocablo dando testimonio del origen, de la realidad de la fuente. Su organismo imantando por el remoto mensaje vibrará con una frecuencia inusual, haciendo del verbo recibido alimento de su sangre, transmutando el espíritu en carne.
Los cuerpos presentes en ofrenda a los otros cuerpos presentes, vivificando el susurro impalpable que crea por añadidura un espacio distinto, otro, inaudito y con él y en él también su tiempo, con medidas inusuales que provocarán experiencias contradictorias ante el ordinario, el del reloj. Así, la obra “pasará” según su edad, ingresando a los fieles –aquellos que no se resistan, aquellos que no nieguen el suceso- en las medidas: duraciones y distancias, pertenecientes a aquel lugar revelado.

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