lunes, 8 de junio de 2009

El cuerpo y sus centros


La palabra concentrar, está indicando lo que se debe hacer para conseguirla: yo me concentro cuando estoy, sencillamente, con mi centro.
Por otra parte concentrar es focalizar, todo lo contrario del efecto dispersor; o sea que dirijo conscientemente, atraigo, reúno o absorbo la energía hacia un centro con la finalidad de que él actúe en mí, movilizando el organismo. Pero como hay más de un centro, tendremos que identificar a cada uno y conocer su función, porque desde ellos -solamente desde ellos- se administrarán los movimientos de acuerdo a sus particulares destinos.
En el teatro, cualquiera sea su concepción, el cuerpo del actor será siempre y absolutamente traductor, vehículo y materia con el cual éste se expresará. De hecho cuando decimos “cuerpo” nos referimos a la estructura orgánica en su totalidad: lo que vemos exteriormente y lo que no vemos, pero que recibimos de su interior.
Esta porción material definida, independiente, con su nombre y un número social, contiene formaciones comunes igualmente por fuera que por dentro. En forma visible podemos establecer una primera división significativa: la parte superior y la parte inferior, división establecida por una línea imaginaria que pasaría por el centro del estómago. Con otra línea vertical -que en este caso pasa por el centro del pecho- dividimos la parte izquierda y la derecha. Y, con otra línea pasando por los flancos, lo separamos en la parte de adelante y en la parte de atrás.
Superior, inferior, derecha, izquierda, adelante, atrás; en síntesis se trata de la figura de la cruz a la que, si le completamos una vuelta circular para darle volumen, terminaremos dibujando la corporalidad de la esfera. Esta podría ser la realidad estrictamente orgánica, definidamente física, que nos llevaría a compararla con todo el sistema de los universos basados idénticamente en los volúmenes esféricos. “Así abajo como arriba”, otra vieja máxima que se repite en todas las tradiciones para recordarnos insistentemente el paralelismo entre lo grande y lo pequeño, la semejanza entre nuestro cuerpo y el mismo cuerpo terrestre donde estamos. Habitante y habitado guardan una estrecha relación de diseños.
Con el mismo signo de la cruz, pero ahora de la cruz latina o cristiana, en la cual el centro sube del estómago al pecho, y proyectando idéntico modelo, encontramos que el volumen cambia y se convierte en algo así como un trompo con los que juegan los niños. Entre las diferencias de ambos cuerpos que nos interesa subrayar, está aquella en cuanto a las posibilidades de movimientos: la esfera gira, rueda; el trompo también gira pero sobre un punto que tiene un mínimo de contacto con la tierra, de tal manera que con el trompo se hace una vieja acrobacia que consiste justamente en levantarlo -para que siga girando- sobre la mano o hasta sobre una cuerda; lo que quiere decir que tiene facilidad para ser “elevado”.
Ahora bien, si una persona abre los brazos subiéndolos hasta la altura de sus hombros, automáticamente establece la figura de esta cruz cristiana y nunca la de la cruz convencional formada por las dos líneas que se cortan perpendicularmente en un punto, haciendo equidistantes cada segmento. Y no hay manera corporal de hacer otra cruz.
Esto nos llevaría a suponer que el centro real del hombre no es su centro físico (el estómago) sino justamente ese que pasa por su pecho. Antes de continuar, se hace necesario decir que de ninguna forma estamos intentando comparaciones religiosas para argumentar una tendencia en este sentido, pero tampoco las evitaremos para huir de ese temor. De hacerlo, nos veríamos limitados en éste y otros casos, por controles o autocensuras derivadas de esquemas o prejuicios culturales.
Si seguimos con las analogías veremos -que en el caso físico- el centro que está en el estómago coincide con el lugar (también físico) de gestación en la mujer: es el recipiente biológico de creación donde se concibe el niño. Si ahora pensamos en el otro centro, el de la cruz cristiana situado en el pecho -que se muestra en muchas imágenes con el corazón abierto de Cristo, punto de irradiación del amor- podríamos decir que éste es otro lugar de creación no ya fisiológico, sino el de la vida del espíritu.
Hagamos entonces la siguiente reflexión: la existencia del hombre es una posibilidad para la realización de su ser, de su alma, de su esencialidad, condición que le es propia y que lo diferencia de todos los demás organismos de la creación. Quiere decir que el hombre tiene que hacer un esfuerzo por su evolución, por su desarrollo y por su crecimiento; esta posibilidad -que tal vez sin saberlo- persiguen todas las personas a través de innumerables caminos, se formula en nuestro trabajo por la concreción de una práctica definida y clara: el centro que “naturalmente” funciona es el del estómago (tal y como ocurre en la naturaleza y que ya explicamos), este centro debe ser ascendido al centro del pecho, en donde -volviendo al lenguaje cristiano- nacerá el otro Niño. ¿El portador de la inocencia? ¿La voz del Verbo? ¿El que se mueve y obra por el Espíritu?
Se nace de arriba hacia abajo por la cabeza, que además atraviesa la zona sexual de la mujer. En la cabeza, sitio más alto del cuerpo, hallamos también el centro más elevado para ejercitar: el de la comprensión. Dijimos en el capítulo sobre las Fuerzas masculina, femenina y de unión, que “en la región superior del centro de la cabeza se hace físico el sentido de eje...” (4) Más adelante señalamos la experiencia del giro -entre otras cosas- como analogía con los movimientos de los planetas, algo que reiteramos en este capítulo pero por otros motivos. Debemos pues, relacionar las tres fuerzas con el centro en el pecho y el volumen citado del trompo: cuando un actor gira en el teatro desconocido “reproduce los movimientos de rotación y de traslación...” (como las esferas), pero -agregamos ahora- lo hacen con las características giratorias del trompo. La combinación de ambos movimientos, de dos realidades, sugieren mucho más de lo que podemos decir aquí.
A la altura del mismo pecho, en la espalda, tenemos otro centro de energía creadora que está íntimamente vinculado a lo que veníamos explicando: sobre todo a una de las tres fuerzas. La experiencia del giro depende incondicionalmente de su unidad con el centro del pecho. En la nuca podemos identificar otro lugar de evidente importancia dentro del trabajo: para iniciar la búsqueda de su participación, lo referiremos al Capítulo El escuchar
En la frente se nos marca otro sitio al que vinculamos con el pensamiento. Siempre será básico para el trabajo descubrir cómo se relaciona un centro con otro, por ejemplo: ¿el pensamiento depende de la comprensión? o ¿pensando lo que se escucha se puede comprender?
Junto al centro del pecho, está el corazón. Productor del sentimiento, de la “inteligencia de la sensibilidad”; suministra a todos los demás la virtud de la compasión y la flexibilidad para aceptar las debilidades. De allí vienen las lágrimas de misericordia y redención que purifican los rostros y las almas.
Los pies son otro punto de significación para el proceso: en ellos radica el destino último de la comprensión. Es el polo opuesto a ella y -si hacemos un círculo sobre el cuerpo, precisamente por las características de polos de ambos centros- dibujaríamos la figura del cero: el número que es principio y fin, símbolo de lo inmanifestado y del final de la manifestación. Solamente cuando lo que hemos comprendido se traduce en pasos, en andar, en acción, solamente a partir de ese momento podemos hablar de realidad, de la verdad de aquello que hemos comprendido: la palabra se ha hecho carne.
Las rodillas constituyen el centro de humildad, de la aceptación y del reconocimiento. Sitio propicio para la devoción y el servicio a los demás. Por ellas podemos acercarnos a la fidelidad con nuestro interior, con el alma que nos llama, y con la obra de crear como misión.
El último centro es el del sexo: centro dedicado especialmente a la reproducción de vidas. La unión de su energía con la que produce el del pecho, hacen posibles la obra: la expresión del espíritu en el cuerpo físico. La energía sexual -con su potencial de creación- es una de la más difíciles y delicadas de comprender y de utilizar. Cuando su destino deja de ser creador y se emplea exclusivamente en la gratificación o el placer, termina desvirtuándose, es decir, perdiendo sus virtudes: todo aquello que no se aplica en la razón para la cual existe, corre el peligro de la decadencia y anticipa su muerte. Ya dijimos que la comprensión nace pasando por el sexo: cuando se conoce este centro se está en capacidad de crear y de ser creado porque se ha comprendido el proceso de la creación.
No hemos señalado más que lo sobresaliente, lo notable de cada centro. Tal vez lo más inmediato, que no obstante permitirá -a los verdaderos buscadores- identificar las huellas para guiarse y tener referencias. El descubrimiento de estos centros es fruto de nuestro trabajo, nada tienen que ver (volvemos a aclararlo) con los centros de los cuales se habla en religiones, filosofías, metafísicas o cualquiera de los sistemas de enseñanzas esotéricas u ocultistas.
Si existen similitudes con algunas de las denominaciones empleadas en esos lenguajes, es pura coincidencia o simple realidad.

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